He pasado una semana de perros. La tuve tan cerca que parece
mentira que no pudiera acercarme. Algo me paralizó. Tal vez el rechazo ¿Ella me
rechazaría?
Con chasquear los dedos podía tener a quien quisiera, pero
con ella, siento que no va a ser así y eso me da miedo. Solo quiero oler su
perfume, estar cerca, escuchar su voz, su risa. La veo reír con ganas, pero no
la he escuchado nunca.
Sé que tiene una actuación esta noche. Voy hasta el lugar para verla bailar. Es una diosa.
«Mañana
volveré a encontrarme contigo, ¿podré acercarme a ti?», pienso distraído mientras observo sus
movimientos en el escenario.
De nuevo es sábado y volvemos a estar en el mismo espacio.
La gente salta y baila, poseídos por la música y al fin la veo con un vestido
negro, corto, sexi, provocándome un vértigo incontrolable que tensa todo mi
cuerpo. De hoy no pasa.
Voy a la barra. No quiero alcohol. Necesito estar sereno. El
camarero le habla con confianza y aprieto los dientes con fuerza para no
cagarla. Quiero poder hablarle como lo hace él, coger su mano si me deja. De
pronto estoy tarareando un rock en mi cabeza, componiendo una canción sobre su
pelo y nuestras manos enredadas.
El camarero le pide que baile esta noche y mi voz sale casi
sin permiso.
—Sí, eso, hazlo Carmen.
Se gira a mirarme, estoy observándola de frente, su sonrojo
me da la señal.
—Seguro que tú bailas mejor que yo —contesta algo insegura,
noto su voz titubear.
—¿Vamos a discutir eso? —Estoy seguro de que podría ser esclavo
de esa voz.
—No discutáis —grita el camarero para hacerse oír sobre la música—. Ella es más sexi.
—No, no te lo discuto.
Estiro el brazo y con la yema de mis dedos rozo el suyo. Es
tan suave que no puedo evitar sentirme excitado, mi cuerpo está duro y tenso y
solo quiero sentirla gimiendo entre mis brazos. Con un gesto le indico al
camarero que rellene su chupito y suelto algo de dinero sobre la barra sin
apartar la vista de ella.
Se lo bebe sin dejar de observarme, provocando que me
estremezca.
—Venga, nos vemos luego —dice guiñándome el ojo.
¿Sabes esa electricidad que recorre todo el cuerpo cuando estás seguro de que puedes tener lo que has soñado durante semanas? Pues en ese momento,
justo cuando me guiña el ojo, sé que puedo conseguir todo lo que me proponga, y
no solo con ella, sino con todo a mi alrededor. Su guiño me llama, ¿con ese
gesto está pidiéndome que la siga?, aunque estoy seguro de que no sabe que voy
detrás de ella. Si no me deja entrar al baño me iré, pero si cede, esta noche
será mía.
Apoyo la mano en la puerta para que no la cierre y la miro
con deseo. Sé que parece que esté suplicando, pero a esta mujer le suplicaría
lo que fuera.
Da un paso atrás, entro cerrando y dejándola atrapada entre
la puerta y mi cuerpo, estamos tan cerca que por fin puedo oler su perfume. No
lo pienso dos veces y le subo la falda encontrando su sexo desnudo y húmedo,
ahogo un gruñido de satisfacción mientras ella lucha con mis pantalones.
—¿No llevas ropa interior?
Deslizo los labios hasta su cuello, ahogando mi voz y estremeciéndome
de placer.
—Sabía que iba a encontrarme contigo —dice con descaro en un
tono de voz tan sensual que estoy deseando que no se aleje nunca de mi lado.
Mis dedos entran con fuerza en su interior, empujando hacia
arriba y haciendo que suba su pie para apoyarlo en el váter, abriéndose por
completo a mí. Ese movimiento me hace desear penetrarla cuanto antes.
Noto su mano agarrando mi miembro y me mareo solo por la
sensación. Me hubiera gustado una cama, tal vez más tiempo, puede que alguna
caricia algo más íntima, pero ya habrá momentos mejores. Ahora solo quiero
poseerla. Me entretengo con el condón, mientras lo pongo ella juguetea
entorpeciendo mi tarea; al fin lo consigo. Con brusquedad volvemos a unirnos
para devorar nuestros labios.
Agarro su cintura subiéndola a mis caderas y los dos jugamos
nuestras cartas moviéndonos con intensidad y locura. Estar en su interior es el
nirvana, no podré contenerme mucho tiempo.
Miro hacia sus pechos, aún cubiertos por el maldito vestido,
y le suplico que lo baje. Lo hace dejando al descubierto uno de ellos. Hago malabares para poder saborear su pezón al mismo tiempo que ella empuja
contra mis caderas.
Casi terminamos al mismo tiempo, entre embestidas y
equilibrio en aquel váter estrecho que nos atrapa pegados uno contra el otro.
—Carmen… —murmuro uniendo mi frente a la suya.
La sujeto por la cintura, para que no pierda el equilibrio.
Al salir de ella siento que podría escribir una canción con todo aquello.
Sonrío por la estupidez de mis pensamientos en un momento así. Solo quiero que
ella sea mi canción. No la conozco casi, pero sé que somos como un imán uno para el
otro.
—¿Estarás bien? —No quiero irme, pero he oído voces y es
mejor que no nos vean juntos. Al menos de momento.
La veo asentir y decido saltar la pared del váter,
escondiéndome en el siguiente para cuando me vean salir piensen que solo me
había confundido de baño.
No vuelvo a verla en toda la noche y mira que la he buscado.
Pregunto al camarero y responde que se ha tenido que ir porque al día siguiente
trabaja. Mentira, se ha ido porque tiene miedo. Es algo que sé sin qué ella lo
diga.
La gente habla muy mal de mí, y lo merezco. Esto es lo que
siempre hago. Conozco a una chica y me la tiro en un váter público. Soy un
imbécil. He caído en la trampa, no tendría que haber actuado como hago siempre,
ella no es como las otras, no para mí.
—¿Perdona? —llamo de nuevo al camarero—. ¿Tú sabes cómo
puedo contactar con ella?
—¿Tú eres el cantante ese de Rock?
El camarero estira sus labios en una sonrisa falsa. Necesito
un plan, sé que no me quiere ayudar; de pronto lo tengo claro.
—Sí, quiero contratarla para una actuación. ¿Sabes con quién
puedo hablar?
—¡Claro! Si es para una actuación tienes que hablar con este
hombre.
Me tiende una tarjeta blanca con un nombre en letras
mayúsculas y negrita. Ismael,
representante artístico. Bajo el nombre, un par de números de móvil. Guardo
la tarjeta y sonrío al camarero pidiendo un vodka con hielo.
***
Llamo a ese teléfono en cuanto puedo, busco a mi grupo y
quedo con ellos para una actuación privada de la diosa Carmen. La diosa, porque
lo digo yo, es la mujer más maravillosa que he conocido nunca.
Cuando llegamos a su casa, el jardín está preparado para la
actuación. La pillo hablando con un chico de sexo y amor, «no me acuesto con
nadie si no estoy enamorada» dice que no es su forma de actuar. Su compañero se
extraña de que haya estado con un chico como lo estuvo conmigo. Porque estoy
seguro de que hablan de mí y toda esta conversación me calienta el corazón
dejándolo a una temperatura que nunca ha alcanzado. ¿Estoy enamorado de una
desconocida?
Estamos probando la comida cuando de pronto nuestras miradas
se cruzan. Veo que se gira rápida para disimular su apuro y solo quiero
abrazarla para decirle que no tenga miedo.
Sé que la opción de estar con alguien como yo es casi
imposible. No puedo dejarla escapar. Que digan lo que quieran, que hablen de
nosotros, me da igual. Aunque ya sé que va a ser una relación muy difícil y por
su gesto, ella también lo tiene claro.
No he podido evitar picarla sobre la noche que nos
conocimos, la he puesto en una situación incómoda que ha capeado y replicado
con energía. ¡Me encanta su temperamento!
Baila para nosotros, es maravillosa, su danza me excita
recordando lo de aquel váter público.
Sale corriendo en dirección a la casa en cuanto ve que estoy
de pie mirándola y aplaudiendo. La sigo, azuzado por mis amigos que me empujan
con abucheos a tirarme por el precipicio.
—Carmen. —Golpeo la puerta del baño donde la he visto
entrar.
—Vete. No puedo seguir disimulando.
—No lo hagas. Te he estado buscando. —Soy sincero con ella.
—No podemos ir más allá de lo que hemos ido, no me tientes.
—Sabe que lo nuestro es casi imposible, pero veo que ella también quiere esto.
—Sal y bésame.
—Capullo.
—Nos las apañaremos —ruego.
Abre la puerta y me mira con el ceño fruncido. Solo deseo
abrazarla y hacerle la promesa que no puedo hacer, ¡cómo me gustaría poder
decirle que todo será fácil!
—¿Qué dices loco?
—Pues eso. Que tú y yo podemos con esto.
Agarro sus manos y tiro de ella para devorar sus labios. Ese
beso que tanto he deseado desde que la dejé en aquel váter público. Desde que
la vi bailando por primera vez. Le prometo en silencio que la quiero conmigo.
Responde a mi promesa sin palabras.
—Te he encontrado…
—Me he dejado encontrar —replica.
Sonrío a su respuesta, deseando morder sus labios.
Sujetando su trasero para que no se aparte de mí ni un milímetro.
—¿Esas tenemos?
—Siempre, soy una rebelde.

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